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Más allá de la copa, la eternidad es nuestra

El Mundial 2026 nos dejó una herida en el pecho, es verdad. Ver a España dar la vuelta duele porque estuvimos ahí, a nada de tocar el cielo otra vez. Jugaron bien, ganaron a lo guapo en el alargue y hay que aplaudirlos con la hidalguía de los grandes. Pero que nadie se confunda: los libros van a decir quién se llevó la copa a Madrid, pero la memoria del fútbol, la que no se borra con el tiempo, le pertenece a Lionel Andrés Messi.

Para entender el amor por Leo hay que entender el amor por el fútbol en su estado más salvaje. Messi no es un atleta de laboratorio; es el potrero hecho carne. Es el pibe que esquivaba patadas en Rosario y que, veinte años después, seguía gambeteando gigantes con el mismo hambre de gloria.

La entrega absoluta. A una edad donde otros miran el partido desde el sillón, él se volvió a poner la cinta de capitán, se bancó los golpes, frotó la lámpara cuando las papas quemaban y nos arrastró a otra final mundial. Eso no es profesionalismo; eso es amor ciego por la celeste y blanca.

El dueño de la pelota. Podrán pasar cien años, podrán venir jugadores más rápidos, más fuertes o con más marketing, pero el fútbol jamás va a volver a ver un jugador récord como él. Rompió todas las estadísticas, pero lo más lindo es que rompió la lógica: nos hizo creer que la magia realmente existe.

«A Messi no hay que describirlo, hay que verlo, hay que disfrutarlo y, sobre todo, hay que agradecerle.»

El fútbol tiene estas cosas crueles: a veces el destino te da la espalda en el último minuto. Pero el romance de este pueblo con la Selección y con su 10 va muchísimo más allá de un resultado. Ganar el Mundial de Qatar nos dio la tercera estrella, pero este Mundial de 2026 nos dio algo quizás más humano y conmovedor, la imagen de un dios del fútbol entregando hasta la última gota de sudor por su bandera, sin pedir nada a cambio.

Mirar a Messi ahí, sentado en el pasto con los ojos llenos de lágrimas después del pitazo final, te desarma el alma. Ver llorar al tipo que lo ganó todo, al pibe humilde de Rosario que nunca se la creyó y que a su edad dejó hasta la última gota de vida por nosotros, te quiebra al medio. Pero cuando te limpiás los ojos y mirás el camino recorrido, te das cuenta de que somos los más ricos del mundo. La copa de oro se la guardará otro en la vitrina, pero a nosotros nos queda el orgullo de haber visto la humanidad y la grandeza del más gigante de todos los tiempos. Gracias, Selección, por hacernos el pecho un mapa de Argentina. Y gracias, Leo, por tu humildad y por enseñarnos que la verdadera inmortalidad no se compra con medallas, sino con el amor eterno de todo tu pueblo.

Foto: AFA
Foto: AFA