El presidente del Comité Organizador del Congreso del IAEF, Pablo de Gregorio, afirmó que el país reúne los requisitos fiscales y geopolíticos para saltar dos escalones desde su actual estatus de mercado «standalone».
La Argentina podría subir dos escalones en la calificación financiera internacional y pasar de su actual categoría de país standalone —la más baja en acceso a los mercados— directamente a la de mercado emergente. La definición dependerá de la evaluación anual que el Morgan Stanley Capital International (MSCI) prevé difundir durante el curso de junio.
Para Pablo de Gregorio, presidente del Comité Organizador del reciente Congreso Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), el país cuenta con factores clave para lograr este salto de categorización. Según el especialista, la solidez fiscal actual, la disponibilidad de recursos estratégicos y la ventaja geopolítica de estar alejado de los principales conflictos bélicos globales sustentan esta posibilidad.
Sin embargo, en diálogo con BAE Negocios, De Gregorio reconoció que el historial crediticio del país opera como un factor adverso y remarcó la urgencia de desarrollar el mercado de capitales local para generar financiamiento de largo plazo.
¿Cómo evalúa la situación económica general y la financiera en particular? — La economía empieza a tomar ritmo y hay sectores que, desde las exportaciones, están empezando a derramar hacia el resto de la actividad. Lo lógico sería que, habiendo controlado variables como el déficit fiscal, haya una dinámica distinta en lo que resta del año.
Yendo a lo estrictamente financiero, el Gobierno todavía no terminó de desarmar por completo el cepo cambiario. Está claro que ese es el gran desafío que tenemos por delante. Hay que ser muy cautelosos en cómo y cuándo hacerlo, pero no hay duda de que debe ser lo antes posible. Demorarlo tiene consecuencias que deberíamos tratar de evitar, como la ralentización de las inversiones hasta tanto se despeje el panorama. El mercado ya descuenta que es una cuestión de tiempo y que la voluntad de levantarlo totalmente está en la agenda oficial.
El riesgo país perforó los 500 puntos, pero sigue lejos de los niveles de otros países de la región. ¿A qué se debe? — La historia crediticia de la Argentina no es un buen antecedente y el mercado lo entiende. Estar en estos niveles actuales es muy bueno, pero nos queda trabajo por hacer porque los inversores todavía ven posibilidades de riesgo en un horizonte cercano. Tenemos por delante un contexto global bastante volátil y luego la transición hacia un año electoral. De a poco se gesta la idea de que debemos desacoplar la política de la economía para encontrar la sustentabilidad necesaria. Eso es lo que aún se está discutiendo y se refleja en el riesgo país.
Este mes el MSCI definirá si recalifica a la Argentina. ¿Es factible pasar a mercado emergente o el destino intermedio sería mercado de frontera? — Creo que las condiciones están dadas para que pasemos a ser un mercado emergente. Si analizamos los fundamentos de la economía y las condiciones que tiene hoy el país para sostenerse en este mundo volátil, la verdad es que hay pocos argumentos para que eso no pase.
Cuando se habla de riesgo país, los indicadores tradicionales miden solo un vector. Hoy el mundo tiene situaciones de riesgo político y bélico mucho más altas que las de la Argentina. Es mucho más riesgoso estar cerca de una central atómica afectada por la guerra en Ucrania, o en los países petroleros en medio del conflicto con Irán. Incluso en Corea, debido a las tensiones estacionales entre China, Japón y ambas naciones de la península. Argentina no tiene esos riesgos. Cuando se observa lo que el mundo necesita de nuestro país y la propia coyuntura local, se consolidan las condiciones para el ascenso de categoría.
En materia de mercado de capitales, ¿se puede dar el salto para mejorar el financiamiento corporativo? — Tenemos un camino largo por recorrer. La capacidad de ahorro interno de la Argentina sigue siendo baja y eso restringe la posibilidad de generar mecanismos de financiamiento de largo plazo. La Comisión Nacional de Valores (CNV) es el vehículo para que esto suceda, pero debemos generar la confianza necesaria para invertir en nuestro propio país. Como dice el refrán: «la confianza viene caminando y se va a caballo».
Es positivo que la CNV esté removiendo paulatinamente aquellas normas que dificultaban el movimiento de capitales, cuidando que eso no implique un incremento del riesgo sistémico. Volver a tener un mercado de capitales con los niveles de la década de los 90, o al menos similar al que tienen hoy los países de la región, sigue siendo nuestro gran desafío.


