Para el argentino común, la escena es incomprensible: el país celebra récords de producción en Vaca Muerta, las exportaciones energéticas prometen un superávit de u$s 10.000 millones, pero cada vez que llega al surtidor, el precio es más alto. En marzo, la nafta súper ya promedia los $1.920 en Capital Federal y supera los $2.100 en el interior. ¿Por qué, si el petróleo sale de nuestro suelo, el precio lo dicta una guerra a miles de kilómetros?
El fin del «barril criollo» y la paridad de exportación
La respuesta técnica que explica el impacto en el bolsillo tiene un nombre: Paridad de Exportación. Durante años, Argentina funcionó con un «barril criollo», un precio desacoplado del mundo para proteger el consumo interno. Sin embargo, la política energética actual busca que las petroleras cobren aquí lo mismo que recibirían vendiendo afuera.
Si el barril de Brent salta de us70aus 112 por el conflicto en Medio Oriente, las productoras locales (incluida YPF) exigen que el precio interno acompañe esa suba. El argumento es que, de lo contrario, no habría inversión para seguir perforando. Para el usuario, esto significa que aunque el petróleo sea neuquino, lo paga como si fuera importado de Noruega.
La trampa de los costos: solo el 50% es crudo
Es fundamental entender que, cuando pagamos un litro de nafta, solo la mitad del valor corresponde al petróleo. El resto es una estructura de costos que el Estado y las empresas no logran (o no quieren) flexibilizar:
- Impuestos (46,6%): Casi la mitad de lo que pagás va directo a las arcas del Estado. El Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL) funciona como una caja de recaudación automática que se actualiza por inflación.
- Biocombustibles y Logística: El flete de los camiones que llevan la nafta a todo el país aumentó un 4,4% en el primer bimestre de 2026. Además, el bioetanol (que ahora compone el 15% de la mezcla) ha subido de precio debido al costo del maíz y la caña de azúcar, sumando presión al surtidor.
Impacto real: de la manguera al plato de comida
El aumento de la nafta no termina en el auto particular; es un «impuesto silencioso» a los alimentos. En marzo, el costo del transporte de carga ya empujó la inflación de la canasta básica por encima del 3%.
«No es una amenaza, es una imposibilidad fáctica: si el gasoil sigue subiendo al ritmo del Brent, los fletes se vuelven impagables y el desabastecimiento es el riesgo final», advirtieron desde FADEEAC.
¿Por qué no se frena?
El dilema es de hierro. Si el Gobierno «pisa» el precio para aliviar a la gente, las empresas dejan de invertir en Vaca Muerta y volvemos a importar energía, perdiendo dólares. Si deja que el precio suba, el consumo interno se desploma: las ventas de combustible ya cayeron un 1,7% interanual, señal de que muchos argentinos empezaron a dejar el auto en el garaje.
Hoy, el país produce más petróleo que nunca en su historia, pero el ciudadano se pregunta: ¿de qué sirve el récord de producción si el beneficio solo se ve en las planillas de exportación y no en el bolsillo?


