Tras un extenso y dramático cautiverio que se prolongó por más de un año, el gendarme argentino Nahuel Gallo aterrizó esta madrugada en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Su llegada, pasadas las 04:30, marcó el fin de 448 días de detención en Venezuela, donde permaneció como rehén del régimen de Nicolás Maduro en condiciones de aislamiento.
El reencuentro en la pista de aterrizaje estuvo marcado por la emoción. Gallo, que vestía su uniforme verde oliva, se fundió en un abrazo con su hijo Víctor, de tres años, a quien no veía desde finales de 2024. En el lugar también lo esperaban su pareja, María Alexandra Gómez, su madre, Griselda Heredia, y diversas autoridades nacionales que siguieron de cerca las gestiones para su liberación.
La odisea del uniformado comenzó el 8 de diciembre de 2024. Gallo había ingresado a territorio venezolano a través del Puente Internacional Francisco de Paula Santander, proveniente de Colombia, con el objetivo de visitar a sus familiares en el estado de Táchira. Sin embargo, las autoridades chavistas lo detuvieron bajo una acusación de espionaje que nunca fue sustentada con pruebas ni contó con un proceso judicial transparente.
Durante su estadía en la cárcel de El Rodeo 1, un centro penitenciario denunciado internacionalmente por casos de tortura y maltratos, Gallo permaneció incomunicado y sin acceso a una asistencia consular efectiva. Desde la Gendarmería Nacional Argentina se aclaró en reiteradas oportunidades que el efectivo se encontraba de licencia oficial y que su viaje era estrictamente personal, desvinculándolo de cualquier misión institucional.
La liberación se precipitó tras una fuerte presión diplomática ejercida por el Gobierno argentino ante organismos como la OEA y la ONU, sumada a una huelga de hambre iniciada por detenidos extranjeros en Venezuela que exigían la aplicación de leyes de amnistía. Apenas unos días antes de su retorno, una breve comunicación telefónica con su familia había servido como prueba de vida y antesala de su libertad.
El operativo en Ezeiza contó con un pasillo de honor formado por sus camaradas y la presencia de la ministra de Seguridad. El caso de Gallo queda ahora como un exponente de la delicada situación de los derechos humanos en Venezuela y del uso de ciudadanos extranjeros como piezas de negociación política en el escenario regional.


