El cierre del primer trimestre de 2026 expone una marcada dualidad en el sistema financiero argentino. Mientras el sector corporativo comienza a percibir un alivio en el costo del endeudamiento, los préstamos destinados al consumo minorista se mantienen en niveles restrictivos, consolidando una brecha que dificulta la reactivación del mercado interno.
Esta divergencia responde a la actual estrategia del Palacio de Hacienda. Bajo la gestión de Luis Caputo, el Gobierno ha impulsado un descenso en las tasas de referencia que, hasta el momento, solo ha permeado en la estructura de financiamiento de las grandes y medianas compañías, dejando a los particulares en una situación de vulnerabilidad financiera.
Uno de los termómetros más precisos de la City es la denominada «rueda simultánea», que representa el costo que el Banco Central (BCRA) convalida a las entidades financieras. Tras un pico del 32,9% de Tasa Nominal Anual (TNA) en enero, los números comenzaron a desinflarse: en febrero retrocedió al 24,5% y en lo que va de marzo profundizó su caída hasta el 23,3%.
Esta tendencia también se trasladó a los adelantos en cuenta corriente, herramienta vital para el capital de trabajo de las Pymes. Estas tasas, que habían tocado un techo del 43,5% a principios de año, promedian hoy un 34,3%, permitiendo a las empresas reestructurar pasivos que se habían vuelto asfixiantes durante el segundo semestre de 2025.
En sintonía, la tasa TAMAR (Tasa Mayorista de Argentina), que regula los plazos fijos superiores a los 1.000 millones de pesos, bajó del 33,1% al 30,3% en marzo. Sin embargo, este escenario de tasas a la baja tiene su contrapartida negativa para el ahorrista común: los plazos fijos minoristas rinden hoy entre un 21% y 25% anual, cifras que se sitúan por debajo de la inflación proyectada, erosionando el poder adquisitivo del ahorro en pesos.
A diferencia de la fluidez que muestra el mercado mayorista, los préstamos personales parecen haber quedado congelados en el tiempo. La TNA promedio para estos créditos apenas se movió: pasó del 70,5% en diciembre al 69,6% a mediados de marzo.
Esta rigidez implica que, al sumar gastos y comisiones, el Costo Financiero Total (CFT) que enfrentan las familias supera holgadamente el 200% anual. Esta desconexión impide que el consumo actúe como motor de la economía, un objetivo que el Gobierno aún no logra materializar a pesar de la normalización de la liquidez bancaria.
El dato más preocupante que surge de la Central de Deudores del BCRA es el incremento sostenido en la falta de pago. La irregularidad en los créditos a los hogares subió por decimoquinto mes consecutivo, alcanzando el 10,3% en enero de 2026.
«Para encontrar niveles de mora similares, hay que remontarse a la salida de la Convertibilidad en 2001-2002», advierten analistas del sector.
Este pico de morosidad en más de dos décadas explica, en parte, la reticencia de los bancos a bajar las tasas para individuos. Ante el riesgo creciente de impago, las entidades financieras mantienen márgenes elevados, generando un círculo vicioso donde el crédito es caro porque hay mora, y hay mora porque el crédito es impagable.


